2015

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA

Hace algunos días realizaba mis actividades cotidianas cuando vino a mí un pensamiento oscuro que me llenó de amargura. Sentí por un momento que estaba vieja, que ya lo que deseaba hacer no podría cumplirse como yo deseaba. Sentí un vacío absoluto. Sin embargo, al día siguiente no le di mayor importancia al episodio depresivo y me levanté con normalidad.

En el trayecto recordé brevemente los años anteriores en los cuales trabajé en una agencia de publicidad. El ambiente que se respira adentro es muy movido y estresante. Nunca se terminan de lograr los objetivos, jamás está listo un trabajo, siempre todo es “para ya” y lo que menos importa es el disfrute del momento y mucho menos la meditación del arte sino sacar el trabajo lo más pronto posible para continuar con los quinientos que están en cola. Como una máquina. A parte de toda esta situación, teníamos un personaje detestable en la gerencia. Un jefe cuya única misión en la vida era amargarnos la existencia. Haciéndonos sentir como cucarachas miserables. No éramos nunca suficientes para él ni para nadie. Su complejo y psicopatía hacían que nos torturara en unas juntas eternas cuyo fin era destruir nuestra psiquis, haciéndonos creer que nunca nada de lo que hiciéramos estaría a “su altura” lo cual generaba un sentimiento de insatisfacción absoluta. Increíble pensar cómo aguantamos tres años bajo esa horrible presión.

Posteriormente esa noche hablé con una amiga acerca del significado de la obsolescencia programada. Una nueva modalidad de los aparatos electrónicos actuales los cuales tienen una fecha para caducar independientemente de cuánto los cuides o no. Se realiza esta sucia treta con el fin de mantener a los consumidores “siempre activos” ya que sin esta programación, las personas pasarían años sin cambiar un artefacto y los empresarios no ganarían el dinero deseado.

A raíz de estas dos situaciones varias preguntas rondaron mi mente. Por ejemplo ¿Por qué somos tan infelices? ¿Por qué nos damos cuenta del verdadero sentido de la vida cuando ya nos quedan pocos años por vivir? ¿Por qué como jóvenes estamos cada vez más estresados generación tras generación? ¿Por qué nada nos satisface? ¿Por qué la idea del “fracaso” es una matriz constante? ¿Es acaso todo parte de una conspiración como opina un porcentaje de la población? ¿Es una condición neurológica? ¿Qué sucede?

No hace falta creer en el nuevo orden mundial para darnos cuenta de que el problema de la obsolescencia no solo se está aplicando a los artefactos. Nuestras mentes están siendo “programadas” cada vez más a través de los medios de comunicación para aprender esquemas mentales de acuerdo a la edad limitando nuestras actividades y productividad cuando bien sabemos que no todos debemos tener la vida decidida a los 20 años de edad y jubilarnos y “empantuflarnos” a los 60. Nos dicen inconscientemente cuando ya “estamos viejos”, cuando “deberíamos hacer tal cosa” y cuando ya “no se puede”. Y nosotros nos creemos toda esa mentira. Nos programan para morir antes de tiempo, como a los artefactos.

De la misma manera, nuestra vida se llena de angustia y desesperación cada vez más porque NUNCA vamos a estar satisfechos con lo que hacemos. Siempre va a haber una crítica de por medio y un pero. Y si no, probemos salir a la calle un día y hablar de alguien sin decir “pero esa persona debería estar haciendo…”

Si por ejemplo un escritor realiza nada más dos obras en su vida con las cuales gana dos premios y luego no quiere escribir más por equis razón, se le juzga y se le dice que se dañó, porque el sistema exige que siempre tiene que haber más. No es suficiente tener dos premios, debes tener MAS. Si alguien gana un buen sueldo, puede ahorrar dinero y ya no haya en qué más gastarlo, no importa, podría estar ganando MAS y no está haciendo nada por ello. Si una persona tiene un carro que le lleva y le trae, no importa, podría tener un MEJOR carro, y así pare Ud. de contar todas las infinitas ocasiones en el día en la que nuestro único pensamiento derivará siempre al tener siempre MAS.

Obviamente, al concentrarnos en todo esto, nuestra vida carece de sentido. Pasamos los días planificando un futuro que no sabemos si llegará, en el cual supuestamente tendremos mucho más de lo que tenemos ahora, más dinero, más reconocimiento, más(inserte aquí)…. Y no disfrutamos en lo absoluto de nuestro presente, hasta que la muerte nos sorprende tarde o temprano.

No hay que confundir deseo de superación y obtención de sabiduría con la cabalgata desesperada y maldita que nos obligan a dar los medios y las grandes corporaciones para obtener siempre mayores bienes, lujos, placeres y logros.

Quizás debería escribir un poco más, pero lo dejaré hasta aquí.

CARACAS, LA PRUEBA DE LOS ILUMINADOS        

Hace unos días me encontraba leyendo uno de los libros del gran maestro zen OSHO el cual hablaba sobre las formas de expresarnos enfocándonos en vivir nuestro presente y la realización de nuestras tareas cotidianas de una forma orientada hacia la naturalidad y la relajación.

Lo interesante fue cuando llegué a la biografía del maestro: dice que se iluminó a los 21 años de edad sentado bajo un árbol en la India. OSHO difundió a través de sus discursos la cultura zen del Tíbet en donde son famosas las batas anaranjadas, los cráneos rapados, las posiciones de yoga insólitas, los templos de silencio sepulcral y los mantras repetitivos en voces graves.

Vino a mi mente la pregunta ¿En qué consiste la iluminación? De acuerdo a un fragmento del libro la iluminación es <<…Descubrir que no hay nada que descubrir, es saber que no hay ningún sitio al que ir, es comprender que esto es todo, que esto es perfecto, la naturaleza no puede corregirse, debe aceptarse. Es un estado de gran ACEPTACIÓN…>> Un iluminado en conclusión es alguien que no desea cambiar nada puesto que todo es hermoso, para él este es el mundo más perfecto, y  se dedica a experimentarlo desde esa mirada y por consiguiente nada le perturba consiguiendo así la paz interior.

Muy emocionada, me dediqué e hice un plan a fin de poder transitar paso a paso las enseñanzas del maestro. Noche tras noche realizaba las respiraciones profundas y las afirmaciones. Me ayudé con otros autores como Louise Hay y repetía fielmente “Todo está bien en mi mundo”, también consulté Los Cuatro Acuerdos para no juzgar ni tomar nada a título personal. Pero ¡Oh ingenua de mí! Tarde o temprano llegaría la prueba que me demostraría el difícil camino que queda por transitar.

El día lunes a las ocho de la mañana desciendo por el ascensor que huele a basura. Sin embargo trato de no poner mi mente en esta situación y sonrío alegremente en el espejo retocando los últimos detalles del maquillaje. Llego al estacionamiento y enciendo el vehículo.

Poco a poco se me va derrumbando la idea de tener una bata anaranjada y el cráneo rapado al bajar por la loma llena de huecos que hace que me duela cada <<tucún tucún>> por los cuales atravieso. Sin embargo me repito a mí misma, “Todo es perfecto en la infinidad del universo”. Posteriormente, las aguas negras desbordadas de una cañería reventada llaman mi atención.  Trato de respirar profundo pero el hedor me entra por las narices así que opto por relajarme como sugieren pero conteniendo un poco la respiración.

Al continuar mi camino, cantidad de personas se avientan al medio de la calle ante la falta de aceras, despotricando si no les das paso. Muchos simplemente rayan en el acto suicida. Dando la curva casi me llevo a una señora, esta se engurruña esperando el golpe final pero gracias a la Providencia continúa viva. Su descuido casi nos arruina la vida a ambas. Sin embargo, trato de continuar con la mayor relajación posible.

Al entrar por la estrecha desembocadura que da para la cota mil, y al ver que soy un carro pequeño, los conductores de gandolas y camionetas me lanzan sus carros con el placer sádico que da el ver a un carro tres veces más pequeño que el de ellos. Pero hago caso omiso de este “bullying automovilístico”,  los evado y me hago la loca ante el hecho de que ellos son los que se molestan porque yo soy la que “está atravesada” o “no voy lo suficientemente rápido”. Quisiera abrir en este momento la ventana a lanzar algunos improperios pero recuerdo que esto no es personal conmigo y aguanto un poco más.

Posteriormente, algunos conductores desprevenidos cambian de canal de forma repentina casi chocándome. Viene a mí una imagen sosteniendo una escopeta  para que cambien de canal con antelación la próxima vez, pero concientizo: eso sería una mala canalización de la violencia así que trato de usar la “no mente”. Aflojo las manos que aprietan el volante con furia y continúo.

Una de las conductoras al tratar infructuosamente de meterse delante de mí, repentinamente abre su ventana y grita: “¡PERRA!”. Creo que ahora no puedo contenerme, mi instinto animal me está ganando NECESITO BAJAR LA VENTANA a responder tan feroz amenaza, las manos tiemblan, la mandíbula se entumece. Trato de respirar profundamente pero no puedo, bajo mi ventana y nos enchufamos en un amigable diálogo, imposible de recrear en este artículo. Ya casi voy llegando a mi destino y al cambiarme de canal, los motorizados amenazan con miradas de odio, pero en este caso, la iluminación es obligatoria para no perder la vida.

Por fin y ya casi llegando, el conductor de adelante se frena repentinamente. “Piiiiiiiiiii”, suenan los frenos, a pocos milímetros de chocar, continuo tratando de respirar o cantar la sílaba sagrada pero ya es inútil. Ahora soy yo la que baja la ventana a iniciar otro amable intercambio.

El resto del día  me desenvolví en mis actividades regulares y siguiendo la rutina prevista. Más cuando ya estaba de regreso a casa y en la paz de la habitación, comienzo a reconciliarme quitándome las últimas muestras de mala energía bañándome en el jabón de cayena con glicerina y con el OM cantado antes de dormir y revisando el día,  pienso: ¿Escogió mi alma esta inhóspita ciudad para su evolución? ¿Se podrá lograr esa aceptación total en caracas? Creo que no me queda de otra, porque el Tíbet me queda muy lejos.

 

PAZ MUNDIAL

Enero me recibió con un brote de lechina razón por la cual estuve gran parte de las primeras semanas acostada, apartada del ritmo rutinario y la velocidad a la que estamos sometidos diariamente. Esto me permitió también revisar algunos archivos, videos y observar con mayor detenimiento el quehacer cotidiano.

Al encender la televisión, History Chanel pasaba un programa especial sobre las guerras mundiales. Se veía en una fotografía a los presidentes de aquel momento reunidos para resolver los problemas entre estados y los acuerdos que llevarían a los acontecimientos posteriores. De la misma forma, siguió otro programa en el cual explicaban acerca de la teoría del plan Nazi de conquistar Latinoamérica y cómo muchos de ellos quisieron refugiarse en estos países después de cometer sus atrocidades. Días más tarde me encontré con un documental titulado “Bowling for Columbine” realizado por Michael Moore, acerca del escaso control de armas en EE.UU a propósito de la tan famosa masacre. Cabe destacar que recibimos el año con dos noticias horrendas; la matanza en Nigeria y el ataque al periódico Charlie Hebdo en Francia.

Lo interesante de esta situación es que nunca dejé de ver algún episodio agresivo a mí alrededor. Así me aislara de los medios de comunicación y de las redes sociales, siempre llamó la atención alguna circunstancia feroz como por ejemplo cuando salí a prender el carro unos días después y consigo encima de mi capó un niño sentado a lo cual le llamo la atención por obvias razones. Sus compañeros, entre ocho y once años en lugar de defenderlo me decían para mi sorpresa que lo podía “moler a patadas” si lo encontraba nuevamente, con toda la normalidad del caso.

Hay algo que me parece interesante: en nuestro subconsciente colectivo está instalado un arquetipo común: el ferviente deseo de la paz mundial. En múltiples videos podemos observar la consabida escena de la Miss Universo respondiendo a la pregunta más famosa de todas: ¿Cuál es su deseo para el mundo?: – Por supuesto que la paz mundial – responde ella muy sonriente y  así como este popular cuadro tenemos otros más; la Virgen María libre de mácula, los ángeles en el paraíso y el dar la otra mejilla (cosa que nadie haría por la calle si viniera un extraño y lo cacheteara por mucho cristianismo que profese).

Echando un vistazo a mi realidad, me doy cuenta de algo fundamental: jamás ha habido paz. Este plano de existencia pareciese que estuviera construido a favor de la violencia. Todos estos sucesos recientes me generan varias interrogantes. ¿Está en realidad el ser humano preparado para la paz mundial? ¿Ha estado el hombre alguna vez en un verdadero estado de paz? ¿Ha dejado de haber algún conflicto en el mundo durante un día por lo menos? ¿Acaso la violencia se debe a los videojuegos y al estilo de vida del siglo XXI o nuestra naturaleza violenta viene desde tiempos lejanos? ¿Es genético? ¿Será  producto del pecado original? ¿O acaso vinieron los marcianos a experimentar con monos y lograron que la especie evolucionara pero se les escapó el gen de la violencia?

Si miramos a nuestro alrededor y ahondamos un poco en los sucesos de nuestra historia nos daremos cuenta que hemos permanecido millones años en un estado permanente de guerra: desde la prehistoria creando armas, cazando animales, esclavitud egipcia, Esparta, opresión a los cristianos, invasiones germánicas, hunos, inquisición, guerras mundiales, bombas atómicas, guerra de Vietnam, guerra de Irak, terrorismo, opresión en Corea del Norte, y un largo etc.

De la misma forma, si analizamos nuestra vida cotidiana nos damos cuenta que el sexo mismo sería un acto de violencia, al parir se violenta la mujer de cierta manera, los niños sin criarlos son como animalitos crueles que destruyen cosas a su paso y también comemos, hablamos y  pensamos con violencia.

Sin embargo las generaciones cuando llegan a determinada edad comienzan a pensar que en “sus tiempos” todo era más pacífico, no existían sucesos “tan feos” y todos éramos felices. ¿Acaso será una sensación característica de la madurez? ¿Nos hemos ido poniendo más violentos con el tiempo o siempre ha sido igual? ¿No hemos evolucionado nada entonces? ¿Es necesaria la violencia?

Quizás podría ser el mismo plano de existencia que requiere de la violencia para la evolución espiritual. Quizás está genéticamente incluida en la raza humana y el objetivo es canalizarla en obras más sublimes. El problema es cuando se une esta genética a la lucha por el poder, a las organizaciones que buscan la dominación de las masas a toda costa y todo se transforma en una fuerza de tal contundencia, que tiene consecuencias desastrosas. En el plano metafísico la violencia es una energía más, que hay que utilizar con cautela para generar resultados coherentes. Quizás permanezcamos otros miles de años tratando de manejarla correctamente.

LA MEJORA GLOBAL

La tecnología que se ha venido desarrollando en los últimos veinte años ha transformado nuestro mundo en un lugar diferente. Redes sociales, cámaras fotográficas y teléfonos celulares han creado una “aldea global” que nos permite estar en una mayor comunicación con nuestro prójimo que la que tenían nuestros antepasados. Sin embargo hace algunos días escuchaba hablar a una mujer sobre la situación mundial anárquica que nos rodea y  pude retener un comentario interesante: ” El problema del mundo es muy sencillo pero el hombre insiste en complicarlo. Así como hay personas que comen todos los días,  se arropan a leer mientras llueve y cierran la ventana sin preocupación, existen aquellos que no comen ni beben a menudo y cuando llueve se les cae la pared encima y mueren… El día en que nos demos cuenta de que lo esencial entre humanos es el que todos podamos comer y dormir bien y que el resto es lujo y vanidad, estaremos mejor”…
Llamó poderosamente mi atención que en una encuesta realizada en EE.UU hace algunos años, a los ciudadanos se les preguntaba qué era lo que más deseaban en su vida y debían elegir entre tres opciones: dinero, salud o fama. Un 80% eligió que deseaban ser famosos. ¿De dónde viene la gran necesidad de ostentar lo que se hace? ¿Es necesario tanto poder? ¿Es necesaria tanta fama?
A diario observamos personas negadas a enfrentar la realidad, que crean perfiles falsos en la web o se graban realizando actividades inútiles y que ponen en riesgos sus vidas para buscar esa fama pasajera.
De la misma manera los medios tampoco ayudan: abrimos el periódico de la mañana y nos colocamos ante un montón de noticias inútiles que nos hablan de cuántos hijos tuvo fulano, cuándo se puso el implante de nalgas sutana, cuánto le costó el nuevo auto a zeta, qué dijo equis a “y” sobre su nariz, etc. Y así se desperdician miles y miles de páginas y tinta en cosas tan fugaces que de paso nos envenenan a nosotros haciéndonos creer que si colocamos una foto en nuestro facebook con nuestro nuevo implante de senos, lo estamos haciendo de maravilla y vamos rumbo a la superación personal.
Es interesante tomar en cuenta que las nuevas generaciones un poco más jóvenes que nosotros (13-18 años) están en su mayoría totalmente alienados a dichos artefactos, en un mundo virtual en el cual ser famoso y tener dinero es la meta, pasando por encima a cualquier valor con tal de tener unos minutos en la televisión. Como consecuencia, canalizan toda esa energía creativa juvenil en situaciones como ponerse electricidad en los pezones con las pinzas de batería para un carro y morir, entre muchas otras “creaciones”.
Por otro lado el bombardeo continúa con programas y productos acerca de cómo trabajar todo el día y toda la noche sin cansancio, sobre cómo hicieron que un salmón creciera el doble de lo que crece un pescado normal para comercializarlo sin importar el daño a nuestra salud, de cómo tener el cuerpo ideal de acuerdo al sistema, de cómo ser rico y poderoso, etc.
¿Qué es lo que pasará? ¿Vendrá el fin del mundo? ¿Qué se debería hacer para lograr la tan ansiada paz? ¿Seguiremos caminando hacia la hecatombe o hay una luz al final del túnel? ¿Qué podemos realizar como individuos para la mejora global? ¿En dónde estamos? ¿En qué consiste el verdadero sentido de la vida? ¿Es necesario tanto aparataje? ¿Cuál es la búsqueda realmente?
Ciertamente nos hemos olvidado de lo esencial. En palabras de la filosofía zen, estamos viviendo una “fantasía del ego” que nos dice que fregar suelos y llevar cosas de un sitio a otro es horrible, que ayudar a los demás es cuestión de marcianos y que trabajar miles de horas para tener dinero que nos sobra, fama que poco importa con la mezquindad y el egoísmo por delante es lo mejor.
Sin embargo ¿De qué se trata? ¿De que nos traslademos al campo y nos desconectemos para siempre de la civilización? ¿De qué vivamos sin sueños? NO, para nada. A todos nos tocó un diseño predeterminado que nos hace tener nuestros gustos y características particulares, las cuales lejos de esconderlas debemos aprovecharlas al máximo. Pero  la meta no debe ser nunca hacer las cosas para ganar fama o dinero en exceso pasando por encima de las reglas de la armonía universal, para perjudicar a la humanidad o para hacer sentir miserables a nuestro prójimo.
Liberarnos de nuestros pensamientos egoístas y adoptar una actitud positiva ante la vida es la línea de partida y la línea de llegada. Ser el mejor en un área sí, pero conscientes de que otros podrían hacerlo, de que ayudar a otros a superarse también es importante, o por lo menos, no ponerles la zancadilla.
Aprovechar nuestra breve estadía en este plano, disfrutar cada momento, no comer de pie porque tenemos que terminar aquel informe, cuidar nuestra salud, cuidar nuestros pensamientos, colocarnos esas prótesis de seno si es algo estrictamente necesario,  tener un carro bueno y no cinco mientras tus empleados padecen a diario por un sueldo mísero, en fin.
Podemos tener nuestras aspiraciones y sueños materiales, placeres y demás, pero tomando en cuenta de que somos varios en el planeta y que, si bien no somos todos iguales (ni siquiera dos personas), tenemos que comportarnos de una forma generosa, para hacer de este un mejor mundo. Mientras tanto, seguirán pasando siglos y siglos y se continuará escribiendo la historia de la humanidad en medio de hambre, guerras y caos.
¿CUÁL ES LA SOLUCIÓN?

Hace algunos días observé una escena curiosa: en uno de los grandes huecos que se han abierto en la avenida Francisco de Miranda, a ras de una de las principales estaciones del Metro de Caracas,  había caído un carro pequeño el cual quedó irremisiblemente atrapado. La escena se fue rodeando por al menos veinte personas que observaban detenidamente cómo el chofer hacía esfuerzos inútiles con el retroceso que, como no era tan potente, no lograba sacar el automóvil. Así transcurrieron varios minutos hasta que finalmente, se me ocurrió plantear la solución que me pareció más lógica: empujar el carro entre todos hacia atrás para que pudiese salir y no perder más tiempo. Se escucharon varias opiniones y entre ellas una señora,  sorprendentemente,  se negó diciendo “que salga solo, es que no sabe manejar”. Finalmente, algunos cooperaron para poner el carro en marcha. Con satisfacción y cierta perplejidad seguí mi camino hacia el conservatorio en el cual veo clases de percusión.

A pesar de que pintaron algunas paredes, la casa vieja que funge de “Escuela Nacional de Música” cuenta solamente en el área de percusión con un par de redoblantes y un xilófono antiguo en un salón pequeño que hace eco. No puedo evitar pensar que con todo el dinero que recibe este país deberíamos contar con un salón alfombrado y al menos los instrumentos necesarios. Sin embargo, año tras año nuestros profesores continúan su labor con las uñas, sabiendo  que probablemente recibirán un sueldo miserable quien sabe si en un mes o seis. En la lejanía escucho un viejo piano tocado de forma magistral por uno de los que se graduarán próximamente. Más allá un cantante y en el siguiente cuarto un violinista. Todos se presentaron hoy a continuar con su disciplina diaria. De verdad que en este país lo que nos sobra es talento.

Entonces cabe la pregunta ¿Qué pasa? ¿Por qué tenemos tan baja autoestima? ¿Qué ha pasado en nuestro país? ¿Hacia dónde vamos? ¿Por qué no terminamos de salir del hoyo negro en donde nos hemos metido? ¿Es responsabilidad del ambiente político que facilitó una situación de marginalidad que ya venía creciendo o por otras razones?

Vayamos un poco más a fondo del  concepto de marginalidad. Si citamos a S. Choren nos dice “El término empezó a usarse principalmente con referencia a características ecológicas urbanas que degradan las condiciones ambientales e inciden en la calidad de vida de los sectores de población segregados (…) El término marginalidad se usa también en relación a las condiciones de trabajo y al nivel de vida de este sector de la población (…)(1)

Hay autores que afirman que la población marginal, en realidad, no se encuentra al margen de la sociedad moderna capitalista, sino que esta población es producto de esa sociedad y sus actividades se articulan perfectamente con los sectores más modernos de la economía, lo cual nos hace entrar en un dilema ¿Es nuestra culpa haber llegado a este punto? ¿Es responsabilidad del sistema capitalista? ¿De quién es la responsabilidad?

A pesar de que comúnmente vamos por la calle viendo una cantidad de situaciones cada vez más inaceptables,  el hampa y abusos de todo tipo, lo que ha caracterizado la mentalidad del “venezolano” desde siempre es la de sentir que todo lo merece por el simple hecho de existir. Si bien es cierto que en los libros de autoayuda nos indican frases como “Diga al espejo que usted se lo merece todo” esto no es para nada una verdad. Somos seres humanos que merecemos ser tratados con respeto, que debemos curar nuestras heridas emocionales para un mejor vivir, pero esto implica hacer un esfuerzo para lograr nuestras metas. No debemos esperar las cosas por arte de magia. No va a venir nadie a salvarnos. Todo está en nosotros mismos. Y ese es el gran problema, siempre dejando responsabilidades a otros, creyendo que nuestras acciones no son importantes.

En un intento por encontrar posibles respuestas, nos seguimos interrogando  ¿Será que la causa de que nuestra mentalidad raye en la psicopatía es la liga genética entre los españoles ex presidiarios y los indios abusados? ¿Quizás el momento crucial fue la llegada del petróleo a una nación que no estaba preparada para esto? ¿Será producto de que nuestros ancestros campesinos que tenían una visión ingenua del mundo se vieron de repente como el centro de interés de América Latina? ¿Cuando comenzó la vanidad y el verdadero egoísmo? ¿Cuál es la solución?

Mucho se habla y se concluye a diario. Muchas son las teorías acerca de las causas de nuestra situación actual. Sin embargo salgo a la calle y sigo viendo escenas como la del hueco, hombres sentados en el metro y la viejecilla bamboleándose ante los frenazos, la señora que deja el reguero y se va, el carro que se come la luz, el peatón que se atraviesa con luz verde, el que se queja del país en aire acondicionado en su oficina y luego sale y monta cinco personas en el ascensor para tres, la juventud vaga e inservible adicta a la tv a la fama y al dinero a cambio de nada, el faranduleo constante y la desidia y pienso que quizás la solución esté en nuestras narices.  Más allá de las grandes posibles causas (el sistema capitalista, el gobierno, nuestro origen histórico)  remitámonos de forma un poco más modesta a nosotros mismos. Y es que la vida no se puede ver con una venda de inconsciencia en los ojos. La solución no está en huir de nuestros problemas, en despotricar que todo está mal y continuar viviendo dormidos en nuevos horizontes. La solución está en todos y cada uno de nosotros, en nuestras actitudes, en nuestra valentía como seres humanos, en nuestro despertar hacia una conciencia verdaderamente trascendental que permita la construcción de un ser mejor día a día.  Y que nos incluya a cada uno de los habitantes de este país. Los esfuerzos deben estar orientados hacia allá.  Mientras esto demore corremos el riesgo de que el ciclo de aprendizaje se repita eternamente. Todas las posibles causas están interconectadas, pero hay que empezar por alguna parte y qué mejor lugar que por cada uno de nosotros.
(1)  http://www.cricyt.edu.ar/enciclopedia/terminos/Margin.htm

EL MODELO TERMINA SIENDO UNA CONDENA

Este mes se ha caracterizado porque las personas más cercanas a mí se han enfermado de una gripe que los ha tumbado por una semana o más. He escuchado sobre tos, cansancio y hasta complicaciones como pulmonía. Muchos han tenido que trasladarse a emergencias. Entre las personas que fueron víctimas de esta peste estuvo una mujer de 91 años. Me llama poderosamente la atención su increíble recuperación en tan solo dos días. Posteriormente realizaba sus labores cotidianas como si nada hubiera sucedido. La más vieja de todos los enfermos fue la que se recuperó con mayor rapidez.

Viene a mi mente una curiosa comparación. La generación de nuestros abuelos ha durado muchos años y de una forma envidiable en su mayoría. Por alguna extraña razón, mis tías abuelas que comían durante todos los días tajada frita en el almuerzo, murieron felices, por la medida chiquita, a los 81 años de edad. Mi abuelo, un hombre jupiteriano que bebía y comía a granel murió plácido y de viejo una tranquila noche a los 83. En el caso de las abuelas, ninguna se realizó más de dos chequeos ginecológicos a lo largo de su vida, ni tampoco andaban paranoicas tocándose los senos mensualmente, sin embargo, tienen 91 años cada una. Un caso más imposible aún es el de la vecina de en frente, fumadora empedernida que sale todos los días con 78 años, a realizar algunas labores cotidianas. Como estos casos puedo continuar citando muchos más y viene a mi mente la pregunta ¿En qué consisten estos organismos de acero que de forma casi mágica y contra todo pronóstico superan la media de la esperanza de vida, cosa que muchos de nosotros vemos como un imposible?

De la misma forma conocí el caso de una mujer que no pasaba de treinta cuando le diagnosticaron un cáncer que acabaría con su vida. Lo realmente asombroso de esto es que era vegetariana, no fumaba, no bebía y trotaba a diario en el parque. Me hace pensar ¿En qué consiste la verdadera salud? ¿Todos nuestros organismos son iguales? ¿Ha decrecido nuestra resistencia de generación en generación? ¿A qué se debe?

En un libro de diseño gráfico pude leer lo siguiente: …“En los últimos diez años, hemos creado y almacenado más información que la producida desde el principio de la humanidad. La tecnología ha alimentado esta información y, debido a esto, en la actualidad procesamos la información (sic) a una velocidad 400 veces mayor que nuestros antepasados”… (1) Esto no debería sorprendernos. ¿Cuántas noticias a diario vemos desde nuestros celulares y computadoras solamente?

Una de las cosas que nos diferencia de las generaciones de nuestros abuelos es precisamente la abundancia de información. Si bien esta es necesaria en nuestras vidas, muchos de los artículos que vemos a diario a través de la prensa, internet y demás medios son de cosas inútiles que lejos de ayudarnos nos generan angustia, tensión y stress sin que nos demos cuenta. Son una forma de atraer nuestra atención ya que por otras vías más “benignas” dichos medios “no venderían igual”. Por lo cual estamos a expensas de noticias diarias sobre muertes, asesinatos, cáncer, torturas, secuestros y nunca falta el artículo de salud que nos coloca en una posición de “veleta” a merced de todo lo que pase por las mentes de quienes divulgan estas informaciones. Muchos de estos datos “estadísticos” de salud son hechos a posta con el simple fin de vender más un producto novedoso en el mercado.

Un día nos dicen que comer queso es una fuente de calcio pero al día siguiente nos indican que tiene los mismos ingredientes de los hongos de los pies; un día nos dicen que ser estrictamente vegetariano es lo ideal y otro día sale un anuncio sobre la falta de proteína animal; un día podemos comer todos los huevos que queramos pero al día siguiente nos dicen que vamos a morir de colesterol y así podemos continuar con el resto. Deberíamos emplear alrededor de unas cincuenta horas de nuestra jornada comiendo nueces, tomando vino, haciendo el amor, mirando al horizonte, trabajando en correcta posición, haciendo yoga, saliendo a trotar, tomando whisky, comiendo aceitunas, no sorbiendo del pitillo para no arrugarnos y otras decenas de actividades sugeridas para la buena salud imposibles de acoplar en un solo horario pero que garantizarán la vida eterna y la juventud prolongada.

Cabe destacar, ¿Es la salud un problema meramente orgánico? ¿Nuestros antepasados estaban ligados al cúmulo de información como lo estamos sometidos nosotros ahora? ¿Acaso “la voz del conocimiento” a la que se refiere el conocido chamán no aumenta con tanto bombardeo diario? ¿Son todos los organismos iguales? ¿A todos nos afectan las mismas cosas? ¿Eres lo que comes o lo que CREES que comes? ¿Los prototipos de salud apuntan a diferentes tipos de cuerpos? ¿Qué nos enferma, la comida o la mente? ¿Genera más daño comerse un bistec ocasional o pensar que estás comiendo sabañones en tu arepa? ¿El cáncer se deriva de un problema meramente orgánico o se traduce de la frustración y el resentimiento  reflejado en algún órgano del cuerpo? ¿La necesidad de eterna juventud, de eficacia constante y de éxito a toda costa nos tiene envenenados? ¿Vivimos realmente el presente? ¿Disfrutamos lo que realizamos? ¿O estar tan pendientes de “durar más” está generando el efecto contrario?

No todos somos iguales. Si bien hay ciertos parámetros que debemos seguir porque están comprobados ancestralmente, también es cierto que gran parte de la salud es mental. Estamos sometidos a miles de opiniones diarias acerca de la “verdad” de la vida porque cada uno de nosotros está en su propio viaje a pesar de nuestra conciencia gremial. El día que logremos nuestra paz mental, desaparecerán las enfermedades. Mientras tanto seguimos apuntando a convertir al hombre en una máquina igual a otra, a cortarnos a todos con la misma tijera y la voz mental que nos indica el “zen” que deberíamos callar está siendo cada día más y más habladora. La neurosis nos está matando más que comernos tres tajadas fritas o dejar de trotar dos horas diarias. Y es que el modelo termina siendo una condena.

(1)  Los principios básicos del diseño gráfico. Autor. Debbie Millman. Editorial BLUME.  P27.

¿CUÁL REBELIÓN?

Hace algunos días conversaba con mi abuela la cual tiene 92 años. Llamó poderosamente mi atención oír de su propia voz las reglas que debía seguir la mujer de los años 1950 para lograr, entre sus objetivos principales, la felicidad de su marido: lucir impecable para su llegada en la tarde, no atormentarlo con problemas, no hablar mucho y la que más me llamó la atención, dejar que se divirtiera y pasar por debajo de la mesa cualquier cantidad de caprichos porque su “vida llena de compromisos” era un “territorio desconocido” para la mujer. Quedé impactada y pensé en lo afortunadas que hemos sido al ser parte de una liberación femenina. La mujer de antaño, esclavizada en su casa sin oportunidades de desarrollo personal o muy mal vista por la sociedad en caso de que se rebelara, era un accesorio del hombre que debía esperarlo sonriente e impecable sin chistar.

Grandes pioneras en todos los ámbitos fueron apareciendo, cambiando los paradigmas y los estereotipos, abriéndose campo en las tareas que habían sido principalmente “masculinas”, logrando un mayor desarrollo y haciendo valer sus derechos como seres humanos. Sin embargo, al observar los canales de televisión, los periódicos, las revistas y medios en general observo una tendencia que se ha venido acentuando desde hace unas décadas. La promoción de la mujer como mercancía ha sido la transformación de esa madre sumisa que todos veíamos hace unos años en una que ahora bate sus carnes desnudas en la pantalla rodeada de hombres vestidos al mejor estilo “gánster”. Son innumerables los casos en los cuales está presente la banalización de las “artistas” de televisión, cuyas canciones no son admiradas por sus grandes letras, sus destrezas en la ejecución de algún instrumento o sus grandes voces sino por su capacidad de escandalizar a la masa por medio de actos “liberales” y “atrevidos” que buscan que la compra-venta alcance límites inesperados al día siguiente en nuestra sociedad de consumo.
Es importante destacar que hemos avanzado en muchos niveles. La mujer está haciendo aportes extraordinarios en las ciencias, el deporte y la cultura pero por alguna razón nos hallamos cada día más solas, menos amadas, menos protegidas y sobre todo cada vez más distanciadas de nuestra contraparte masculina. ¿Por qué? ¿En qué momento pasamos de un extremo a otro, de lo recatado a lo perturbador, de la opresión hogareña al despelote? ¿Es esta la rebelión la que deseaban nuestras antecesoras? ¿Acaso dejamos de ser un objeto de placer de la sociedad patriarcal a través de esta conducta? ¿No seguimos siendo parte del mismo sistema que se rige principalmente por las normas de la violencia, la competencia desenfrenada, la destrucción y la rápida transformación de todo en mercancía?
Es interesante detenernos a pensar por un momento acerca de nuestra naturaleza. El arquetipo femenino desde tiempos remotos se caracteriza por la receptividad, la compasión y la capacidad de gestar pacientemente grandes obras bien sea desde la procreación de un ser humano hasta la creación a cualquier nivel. Es lógico que al haber sido oprimidas durante tanto tiempo, nos dedicáramos a liberarnos a través de una imitación de las características masculinas, ocupando nuevos espacios por medio de una violencia que no nos pertenecía porque era la única forma de sobreponernos a las circunstancias. Sin embargo, en el camino nos perdimos. Caímos pues en la gran maquinaria, que como siempre aprovecha todos nuestros movimientos a su favor. Colocándonos en la misma posición de sacrificio en pro de los valores masculinos que nunca han dejado de estar presentes. ¿Es este el verdadero cambio que deseamos? ¿Realmente todo es válido? ¿Hay verdadera rebelión o simplemente cambiamos de jaula? ¿La promoción de la mujer como un objeto sexual o la imitación de las conductas masculinas hace de la mujer un ser realizado? ¿Lograr el verdadero femenino consiste en imitar al hombre? ¿Distanciarnos de nuestra contraparte nos hace mejores seres humanos? ¿O seguimos siendo víctimas ciegas de la civilización hostil?
Y es que cuando seguimos inocentemente las letras pegajosas que nos colocan en posiciones bastante bajas, cuando tratamos de inyectarnos polímeros en los glúteos y morimos, cuando nos deprimimos porque no estamos “a la moda”, cuando remitimos nuestra felicidad a un par de tetas plásticas, cuando pensamos que “todo se vale” y cuando imitamos la agresividad que ha traído a la humanidad de cabeza durante siglos, no estamos haciendo ningún cambio sustancial. Estamos viviendo una ilusión. Caemos en la otra cara de una misma moneda. Y los extremos se tocan.
LAS TORRES DEL SINIESTRO
Es notoria la cantidad de comentarios que a diario nos llegan por los medios o a través de los internautas criticando la gestión gubernamental y la hostilidad presente en nuestras calles. De la misma manera leemos muchos análisis exhaustivos acerca de nuestras limitaciones a través de variadas teorías psicológicas. Sin embargo, los dos hechos acontecidos en un mismo día que narraré a continuación, estimo que pueden ilustrar actitudes que contribuyen con nuestro retraso.
Sentada en un restaurante de un conocido club, disfrutaba del partido Ghana vs Alemania en el marco del mundial de fútbol Brasil 2014. A pesar de la alegría que se respiraba para la ocasión, advertí un pequeño incidente: durante un breve paso hacia una mesa, una joven tropezó sin querer con un paraguas ajeno y lo tiró al suelo. Acto seguido, miró hacia ambos lados para ver si alguien se había dado cuenta de su pequeño error, y como no encontró ningún tipo de señalamiento o mirada de reprobación, increíblemente, se negó a recoger el paraguas de la mesa vecina, tarea que le llevaría menos de dos segundos, y decide alegremente seguir su recorrido. Tomando en cuenta el ambiente de violencia en el cual nos estamos desenvolviendo últimamente, consideré prudente no llamarle la atención.
Probablemente el amigo lector pensará que este incidente tan nimio podría ser notado solo por una mente que se aproxima a la paranoia y a la angustia desmesurada por saber en qué se equivoca el resto de la humanidad o por simples ganas de sentir la superioridad a través de la crítica constante. Nada más alejado, el asunto es más grave.
Al cabo de unas horas, de retorno a mi casa me consigo con una amable vecina la cual estaba enterada de un siniestro ocurrido en horas de la mañana de ese día. En los edificios aledaños a nuestro conjunto residencial se había desatado un incendio que destruyó todo un apartamento de los pisos bajos. A las primeras de cambio se pensó que había sido producto de un corto circuito o alguna bombona de gas que durmió progresivamente a las cuatro víctimas mortales o quizás por un descuido de alguno de los muchachos que habitaban allí.
Para mi sorpresa, al llegar a nuestra residencia, las primeras investigaciones apuntaban a un homicidio al mejor estilo de Investigation Discovery en el cual un hijastro psicópata atentó contra la vida de sus tres familiares y luego procedió a quitarse la vida no sin antes rociar el apartamento con abundante gasolina. El perro de seis meses de edad fue el único sobreviviente que, tras sentir las llamas quemando su cuerpecito, logró saltar por un agujero de la reja que protegía el apartamento.
Algo ha llamado profundamente mi atención: el edificio no tenía extintores, los brakers para cortar la corriente eran inexistentes, no servían ninguno de los dispositivos de emergencia, pero sobre todo nadie se movió para hacer lo que corresponde en estos casos. Pues hasta los vecinos del edificio de al lado fueron los que se preocuparon en llamar a los bomberos. Ni un solo hombre o mujer de las torres del siniestro fue capaz siquiera de bajar los suiches pertenecientes a la electricidad para que no pasara a mayores la situación. Ninguno se preocupó por rescatar al perro que intentaba lanzarse desesperado del primer piso. Ninguno llamó a emergencias. Ninguno se preocupó por extender la manguera de la conserjería. En fin, nadie hizo NADA. Si los habitantes de las torres vecinas no se hubiesen ocupado en auxiliarlos, podrían haberse hecho multimillonarios en Jardines el Cercado de la noche a la mañana. ¿Puede haber tanta negligencia? ¿Qué está sucediendo en la mente del venezolano?
Resultan loables los esfuerzos que realiza el gobierno para favorecer a los sectores más desposeídos. Pongamos por caso la Misión Vivienda. Sin embargo, estas construcciones han venido siendo objeto de críticas por parte de sus propios habitantes por no decir de conocedores de la materia. Fiestas a todo volumen, hampa y motos estacionadas en los pasillos son algunos de los males que aquejan a estas comunidades cuyas historias salen reseñadas en los periódicos a diario. Esto me recuerda al cuento que nos echaban nuestros padres o abuelos sobre la época en que metían gallinas y vacas dentro de los recién inaugurados bloques del 23 de enero. Se repite la historia muchos años después.
Caben las preguntas ¿Necesitamos más edificios o aprender a tomar en cuenta a los demás? ¿Necesitamos más bloques para meter a la gente “humilde” o más educación y tratamiento psico-social para nuestro pueblo? ¿Es solamente la gente de los estratos más pobres la que necesita superarse? ¿La superación es solamente un problema económico? ¿Qué está sucediendo? ¿A qué se debe nuestra constante indiferencia para con nuestro prójimo? ¿A qué se debe nuestra negligencia? ¿Será verdad que somos mentes psicopáticas como indica Herrera Luque en uno de sus estudios? ¿Será que nos afectó la violación de nuestras indias por los ex presidiarios españoles? ¿En qué consiste realmente el problema?
En el país ciertamente hay escasez de harina, leche, papel toilet y desodorante pero nuestra mayor escasez es mental. Cuando nos negamos a cosas tan sencillas como levantar un paraguas del suelo y seguimos de largo hacia nuestra silla eso habla mucho de nosotros como ciudadanos pero cuando NO SALIMOS de nuestra casa a ayudar a un vecino que se está quemando eso habla mucho de nosotros como SERES HUMANOS.
Podría destacar que al final de la noche de la tragedia, con cuatro muertos en el vecindario hubo dos fiestas simultáneas con música a todo volumen hasta las 3:00 am.
¿Por dónde empezar? ¿Seguimos echando pinta y quejándonos por todo? ¿Seguimos construyendo bloques y haciendo misiones chucutas que solo facilitan posibilidades materiales a corto plazo o hacemos un plan de trascendencia mayor para nuestra evolución real?
SER SERVICIAL DE MÁS
En nuestra naturaleza como diseñadores está la del querer prestar un servicio superior. Algo que se caracterice  por ir más allá de nuestros límites y la razón por la cual el cliente quiera volver a llamarnos para un próximo trabajo, nos recomiende a otros y se vaya felíz con su encargo.
Nuestra profesión actualmente está tendiendo a combinar más las partes humanísticas y artísticas con las partes científicas y prácticas. Tenemos Ilustradores que son Diseñadores Web, Diseñadores Gráficos que son Artístas Plásticos, Psicólogos que son ilustradores y Comunicadores Sociales y Publicistas que se están orientando hacia el Comunity Manager y a los lineamientos básicos del diseño entre otros muchos ejemplos.
En fin, es una cantidad de formas de combinar asombrosamente la carrera que se ha venido ganando su prestigio con mucho esfuerzo durante estos años. Ya estamos concientes de que el “diseño” no tiene que ver en lo absoluto con saber manejar con mucha velocidad un programa de computación, realizar un “dibujito ahí”. Va hacia otros horizontes orientados a la utilidad de los productos que se le ofrecen al cliente enmarcado en una estética y una estrategia coherente.
De esta forma, tenemos varios tipos de clientes que podríamos clasificar como se han hecho en otros artículos para poder descifrarlos y estar alerta ante sus costumbres y modos.
Existe un tipo de cliente en particular que nos ha tocado a todos alguna vez en la vida: es aquel personaje mezquino y egoista que cree que está por encima de cualquier persona y nos trata de empequeñecer y hacernos sentir casi como esclavos. Sus tácticas psicológicas pueden ser diversas, desde comparaciones incoherentes hasta el típico “pero eso yo lo puedo hacer mejor”.  Dicha persona puede aparecer en varios campos de nuestra vida como por ejemplo el sentimental, el familiar o el laboral.
En este último esta persona nunca está satisfecha de nada de lo que se le ofrece, su ego la bloquea de tal forma que siente que nada de lo que se hace a su alrededor está correcto, desprecia a todos los que le tratan de hacer un bien y nunca reconocerá nada bueno. En su mente solo existe la competencia desmedida contra la humanidad y una profunda debilidad cubierta tras una capa de seguridad absoluta. De esta forma, lo peor que podemos hacer con este tipo de clientes es ser “serviciales de más”.
Muchos de nosotros nos colocamos en una posición de “reto” ante este tipo de personajes haciendo cada día más y más, proponiendo más y más ideas, dando lo mejor de nosotros sin límites. Por límites me refiero a horarios, encargos extra y cobro de un monto inferior por todo el trabajo realizado.
A todos nos encanta ser tomados en cuenta, sentirnos parte de algo, sentir que nos reconocen todo lo que realizamos y sobre todo sentirnos amados por proporcionar un servicio para el cual estamos hechos. Pero esto no debe confundirse con ser solidarios de más recibiendo muy poco o en su defecto, recibiendo maltratos y malos ratos.
Si esta actitud no debería de tenerse con ningún cliente, menos con personalidades egocéntricas y mal agredecidas que sienten que lo único que está bien es lo que ellos realizan. Nuestro esfuerzo de horas en el instituto, de años de lecturas e investigación, de constantes búsquedas NO CUENTAN.
Cuidemos nuestra profesión no sólo en los detalles de nuestros artes sino en nuestra salud mental y en el trato y la relación con todos los que requieran de nuestros servicios. No nos dejemos manipular, puesto que si bien el diseño no es arte, somos personas creativas y curiosas a las cuales nos afectan las palabras y las imágenes más que cualquier otra y nuestra salud mental y emocional son mucho más importantes que en otras carreras porque estamos constantemente generando ideas innovadoras.
Si sientes que ofreces un servicio desmedido, es parte de la acertividad laboral poner un límite en las condiciones con tus clientes o jefes. UN DISEÑADOR NO ES UN ESCLAVO. Y mucho menos debe estar considerado en una escala menor a cualquier profesional.
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